Miguel Ángel Valero
La reunión en la Casa Blanca entre Volodímir Zelenski y Donald Trump, acompañados por varios líderes europeos y de la OTAN, evitó el desastre diplomático del pasado febrero. Esta vez primó la prudencia, el tono cordial y un delicado equilibrio de concesiones.
Zelenski anunció que podría celebrarse un encuentro cara a cara con Vladímir Putin, sin condiciones previas, ya que que tratar de imponer un alto el fuego antes del diálogo solo abriría la puerta a “cien demandas más” por parte de Moscú. Europa, sin embargo, insistió en que la negociación debe venir acompañada de algún tipo de tregua, aunque sin llegar a bloquear la vía de diálogo abierta.
EEUU aceptó implicarse en las garantías de seguridad para Ucrania. Se baraja un paquete de 90.000 millones$ a 100.000 millones en armas estadounidenses, que serán vendidas a Ucrania y financiadas por Europa, junto con sistemas defensivos y drones. No hay acuerdo firmado, pero el compromiso político es claro: Washington respaldará la seguridad ucraniana tras un eventual pacto de paz.
Zelenski, por su parte, aplazó cualquier debate sobre concesiones territoriales hasta verse directamente con Putin. Trump, más moderado que en otras ocasiones, abrió la puerta a una futura reunión trilateral y evitó presionar públicamente a Ucrania sobre la cesión del Donbás.
Con un tono más abierto que en la abyecta reunión de febrero, se produjo la segunda parte del reciente esfuerzo de Trump por alcanzar la paz en Ucrania. Primero en formato bilateral –Trump y Zelenski– y luego multilateral sumando a von der Leyen, Mertz, Macron, Meloni, Starmer y el líder finés Alexander Stabb. Las conclusiones de la reunión reflejaron avances, ya que los negociadores europeos lograron que la Administración estadounidense se comprometiera a ofrecer garantías de seguridad en Ucrania frente a Rusia, aunque Donald Trump señaló que el gasto será asumido por Europa.
Por otro lado, el asunto de las concesiones territoriales, considerado el más controvertido, fue reservado para una mesa de negociación en la que participará Vladimir Putin, con el respaldo estadounidense para gestionar una reunión entre Ucrania y Rusia.
Tras varios meses de estancamiento, se plantea la posibilidad de progresos hacia la resolución del conflicto, si bien el principal desafío radica en las negociaciones sobre el territorio. En ellas, Putin solicita el control del Donbás –las provincias de Luhansk, bajo control casi total de las fuerzas rusas, y Donetsk, ocupada en aproximadamente un 70%– a cambio de congelar la línea de frente, una condición con la que tanto Europa como Ucrania no están de acuerdo.
Los europeos, desde Macron hasta Merz, pusieron el énfasis en que Ucrania necesita garantías comparables al Artículo 5 de la OTAN —el principio de defensa colectiva que obliga a todos los miembros a responder si uno de ellos es atacado—. En paralelo, Zelenski prometió que, en caso de alcanzarse un alto el fuego real, Ucrania celebrará elecciones generales.
El ambiente distó mucho del choque del pasado invierno. Zelenski logró el respaldo de los aliados y Trump, aunque volvió a cuidar la imagen de Putin, se comprometió a dar un paso adelante en la seguridad ucraniana. El camino hacia la paz sigue siendo incierto, pero al menos esta vez todos salieron de Washington con la sensación de que el diálogo aún es posible.
El encuentro entre Donald Trump y Vladímir Putin en Alaska generó gran expectación, especialmente tras la propuesta de Rusia sobre el futuro de Ucrania. Putin ha sugerido que Rusia controle el 30% del territorio ucraniano a cambio de un alto al fuego permanente, pero esta iniciativa ha sido rechazada por varios países europeos, como Francia, Alemania, Reino Unido e Italia. Estos países insisten en que “el camino hacia la paz no puede decidirse sin Ucrania”.
Zelenski, por su parte, ha advertido que cualquier acuerdo sin Ucrania “nace muerto”. En un movimiento calculado, Putin comunicó a su homólogo chino las intenciones de Trump incluso antes de que hubiese un anuncio oficial, demostrando una vez más la estrecha relación entre Putin y Xi Jinping.
Pese a las quejas de Ucrania y de buena parte de los países europeos, la realidad es que existe una gran dependencia militar de EEUU, algo que se ha puesto de manifiesto tanto en las recientes discusiones sobre cuánto destina cada país de la OTAN a gasto militar, como, en el caso de Ucrania, el daño que produjo la congelación del envío de armamento estadounidense tras el encontronazo vivido en la Casa Blanca entre Trump y Zelenski.
Esta situación le otorga a Trump un control sobre las conversaciones, lo que le permite decidir quién se sienta en la mesa de negociaciones, por mucho que esta postura enfurezca a otros mandatarios. Trump ve en el intercambio de territorios una forma de 'congelar' la guerra y disminuir el compromiso militar de EEUU, al mismo tiempo que se evitan sanciones a Rusia. Y parece estar dispuesto a conseguirlo, aunque en el proceso tenga que sacrificar las pretensiones de Ucrania y la Unión Europea. Porque si algo ha dejado claro el presidente estadounidense en lo que lleva de segundo mandato, es que no siente especial simpatía ni respeto hacia Europa.
Zelenski ha propuesto adquirir armamento estadounidense como parte de un acuerdo para garantizar la seguridad de Ucrania. Se están definiendo algunos aspectos clave en caso de que Ucrania y Rusia alcancen un acuerdo de paz, con el objetivo de asegurar su cumplimiento. En este contexto, un representante estadounidense ha sugerido una medida similar al artículo 5 de la OTAN —según el cual un ataque a un miembro se considera una agresión a todos—, aunque sin incluir a Ucrania como miembro de la organización, una opción que el propio Trump ha descartado.
Por un lado, se contempla la posibilidad de desplegar tropas británicas y francesas para prevenir futuras agresiones por parte de Rusia una vez firmado el acuerdo. En cuanto al papel de EEUU, Trump ha rechazado el envío de tropas, pero ha aceptado respaldar la seguridad ucraniana mediante financiación europea. En este marco, el presidente ucraniano busca reforzar el compromiso estadounidense mediante la compra de armamento y la firma de un acuerdo de 50.000 millones€ para la producción de drones, en colaboración con empresas ucranianas ya especializadas en el sector.
Este encuentro en Alaska marca un punto clave en las negociaciones, donde se enfrentan dos visiones: la de Rusia, que busca consolidar sus territorios ocupados, y la de los países occidentales, que insisten en la participación de Ucrania en cualquier acuerdo de paz. La situación sigue siendo incierta y las tensiones continúan creciendo.
Más gasto en defensa
En este contexto, todos los países de la OTAN, incluido España, alcanzarán este año el objetivo (ahora obsoleto) de destinar un 2% sobre el PIB al gasto en defensa. En 2024, hasta trece países, entre ellos Canadá, Italia, Portugal o España, incumplían esta meta establecida diez años antes, en 2014.
Sin embargo, en junio todos los países miembros acordaron pasar el objetivo del 2% al 5% del PIB para el año 2035. El nuevo objetivo en cuestión se desglosa en dos partes: una cuota estricta del 3,5% destinado a defensa convencional –armamento, personal, militar– y un 1,5% adicional en inversiones relacionadas con la seguridad, como infraestructuras y ciberseguridad. Para ajustarse al nuevo estándar, España va a incrementar su gasto en defensa en 10.400 millones€ respecto al año anterior, lo que representa un aumento del 46%.
En el caso de Alemania, aún pendiente de aprobar los presupuestos, se ha propuesto destinar este año 86.000 millones de euros en defensa (2,4% del PIB), que ascendería a 95.000 millones al incluir la ayuda a Ucrania. El país está comprometido a elevar su gasto en defensa al 3,5% del PIB en 2029, en línea con los nuevos objetivos de la OTAN.