13 May
13May

 Tomás García Azcárate 

Científico Titular del Instituto de Economía, Geografía y Demografía (IEGD-CCHS) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Las reglas que deben respetar las y los agricultores y ganaderos europeos son las más exigentes del mundo y los controles a los que están sometidos los más severos. Lo estamos viendo todos los días en los periódicos y las televisiones, los productores europeos sienten que están en muchos casos compitiendo en desventaja con los productos importados que no tienen que respetar las mismas exigencias. 

¡No hay mal que por bien no venga! Los consumidores europeos tienen el privilegio mundial de tener en sus tiendas una amplia gama de los diversos y mejores lácteos, desde las distintas leches (¡esto sí, todas de origen animal, porque si no, no son leche!), quesos, yogures, natillas y otras cuajadas, a precios populares. Es un privilegio que los demás nos envidian pero que pueden calmar comprando los alimentos europeos, por placer o porque buscan las máximas garantías sanitarias. 

Pero es que los lácteos europeos son mucho más que unos alimentos excelentes desde todos los puntos de vista. La leche es producida por unas ganaderías esencialmente familiares y transformada por unas industrias que necesariamente han de estar cerca de sus suministradores, es decir ancladas en el medio rural. Cuando hablamos mucho de España vacía, e incluso de España “vaciada”, los ganaderos, sus cooperativas y las industrias están ancladas en el territorio. 

Además, hoy nos preocupa también el bienestar de los animales y el futuro de nuestro pequeño planeta. Todas las ganaderías han tenido que afrontar una serie de cambios, tanto en la estructura, con nuevas instalaciones, como en los protocolos de manejo de los animales. Muchas de ellas han ido incluso más allá de las, ya de por sí exigentes, obligaciones legales para conseguir alguna de las distintas certificaciones de bienestar animal.  

En cuanto a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, no se puede reducir lo que no se puede medir. Por esto, tan pronto como desde el año 2010, la ganadería láctea dispone de una metodología armonizada de huella de carbono, como primer paso en la senda de reducción de sus emisiones.   

Históricamente, el aumento de la productividad ha dado lugar a una producción de leche más eficiente y a una reducción de las emisiones por kilogramo de leche, pero se está, y se debe seguir en este camino, yendo más allá, hacia una reducción de las emisiones netas de dichos gases. Se trata, por supuesto, de inversiones, pero también de cambios en las técnicas de manejo del ganado, en su alimentación y en la gestión de los residuos, desde el estiércol en las ganaderías a la valorización de los subproductos y los residuos de la industria, pasando por unos envases y embalajes más sostenibles, reciclados y reciclables. 

En resumen, como consumidores podemos estar muy tranquilos con nuestros alimentos; como ciudadanos podemos estar muy orgullosos de nuestros productores y de nuestra industria; como padres y madres de las generaciones futuras, podemos alegrarnos de los progresos hechos y debemos estimular a todos los actores de la cadena de producción para que sigan en este camino.

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